miércoles, 26 de mayo de 2010

EL FIN DE LA ARQUEOLOGÍA PREVENTIVA

Excelente síntesis de lo que es la arqueología preventiva y la entrada del mercado en la gestión del patrimonio arqueológico. Solo hay un pequeño matiz. Entre 2001 y 2003 la arqueología preventiva era una actividad científica. Desde la reforma conservadora del gobierno Raffarin de 2003 la arqueología es una actividad técnica. Una palabra y todo cambia.

lunes, 24 de mayo de 2010

NOVEDADES SOBRE LA CENTURIACIÓN EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Gérard Chouquer
CNRS - UMR 7041 Archéologies et Sciences de l'Antiquité

Traducción y extracto de la síntesis Actualites de la centuriation. Interrogations autour de la méthodologie, aparecida en el portal Archeogeographie.org

[Fragmento del plano catastral A, expuesto en el Museo de Orange]

Interrogantes sobre la metodología
El estudio de las centuriaciones conoce, desde hace unos años, una interesante evolución. Sabemos que el objeto nunca fue neutro, suscitando de siempre un gran interés o mucho rechazo. Así, paralelamente a  serios programas de investigación, la centuriación causa certezas irrazonables y errores metodológicos difíciles de controlar. La metodología se encuentra con mucho en el centro del debate. Muchos investigadores se preguntan sobre ésta y sobre su capacidad para establecer objetos históricos válidos, y porque el seguimiento de esta actualidad implica lecturas variadas que pocos investigadores tienen tiempo o la oportunidad de hacerlo, propongo aquí una guía de la reciente actualidad de la centuriación, explicando el hilo conductor de varias publicaciones. De esta manera podrá apreciarse las recientes tendencias de la investigación sobre este objeto cada vez más polimorfo y cada vez más complejo.

España
En España se sigue concediendo una importancia principal a la centuriación, sin conseguir mostrar vestigios significativos, además de los ya conocidos de Elche (véase más abajo), al sur de Merida (Tierra de Barros) y en algunos otros sitios como se verá más adelante (especialmente en torno a la colonia romana de Valentia). Es la causa de las dudas que formulé a propósito de un reciente manual.
Enrique ARIÑO-GIL, Josep M. GURT I ESPARRAGUERA, Josep M. PALET MARTINEZ, El pasado presente. Arqueologia de los paisajes en la Hispania romana, Universidad de Salamanca, 2004.
En una reseña de 2008 me preguntaba por qué los autores orientaban enteramente un manual de arqueología de los paisajes de la España romana a la centuriación mientras que ésta sólo atañe un 3% del territorio (en efecto, la compilación de trabajos pone de manifiesto que las hipótesis de centuriaciones solo afectan a una cuarentena de hojas del mapa de España, la cual cuenta con 1130 sectores). Me preguntaba entonces ¿Qué hubo, pues, en el 97% del territorio restante? ¿Por qué los autores, por su gran competencia en este ámbito, no proponían un método crítico para frenar la producción de hipótesis cada vez más frágiles, o incluso abusivas, y, por el contrario, retomaban, a pesar de todo, otras hipótesis cuestionables? Porque, se siguen proponiendo restituciones que confunden adaptaciones medievales y modernas con la centuriación. Se trata en este caso del ejemplo de Astigi, citado con ocasión de una hipótesis de centuriación formulada en 2002 (Sáez et al. 2002; retomada imprudentemente en Ariño Gil et al. 2004, cuadro de la página 50).
Pedro SÁEZ, Salvador ORDÓÑEZ, Sergio GARCÍA-DILS, Le territoire d'Astigi (Ecija). La centuriation, en M. Clavel-Lévêque et A. Orejas (dir.), Atlas historique des cadastres d'Europe II, dossier 2, non paginé, Communautés européennes, Luxembourg 2002.
Un estudio de foto-interpretación muestra que la propuesta de hipótesis debe ser revisada a la baja. Ya desarrollaré la crítica en otro lugar, pero los argumentos pueden ser someramente comentados.

Como afirman con razón los autores del estudio, varios argumentos externos pueden conducir a suponer la hipótesis d' una centuriación. Astigi es una colonia augustea en cuya fundación participaron tres legiones (legio IV Macedonica, legio VI Victrix y legio II Augusta, habiéndose denominado ésta última legio II Pansiana antes de cambiar de nombre, como evidencia una inscripción hallada en el foro de la ciudad). Así, Astigi forma parte de un vasto plan triunviral y augusteo del que participan igualmente otras fundaciones como Mérida, Orange, Pax Iulia, etc. Es pues más que probable que haya habido en este caso una asignación de tierras a veteranos. Desgraciadamente esto no es suficiente argumento para admitir la hipótesis propuesta por los autores.

Cuatro argumentos arruinan el estudio planimétrico presentado:
  • no hay foto-interpretación de trazas fósiles (y sin embargo visibles y presentes en las fotografías) y los autores solo trabajan sobre la planimetría actual;
  • afirman que las recientes misiones son redhibitorias para trabajar lo cual es absurdo si tenemos en cuenta la información que suministran;
  • la restitución de los limites es inexistente y las trazas identificadas de dos centurias "casi completas" pertenecen a un parcelario medieval;
  • finalmente, no realizan una análisis global del parcelario, lo que es lamentable en una zona donde hay una gran acumulación de parcelarios históricos.
El esquema pone de manifiesto que lo realmente visible son las tramas medievales (y eventualmente modernas) en bandas, claramente identificables. Las dos inserciones son ventanas de detalle que muestran la posibilidad de leer trazas fósiles.
 El dossier reciente más interesante en relación con España es el compilado por Ricardo González Villaescusa sobre el territorio de Valencia, dossier que ocupa un lugar importante en la principal obra publicada por el autor:
Ricardo GONZALEZ VILLAESCUSA, Las formas de los paisajes mediterraneos, (Ensayos sobre las formas, funciones y epistemologia parcelarias: estudios comparativos en medios mediterraneos entre la antigüedad y epoca moderna), Universidad de Jaén, 2002.
Este trabajo se complementa con el artículo siguiente:
Ricardo GONZÁLEZ VILLAESCUSA, Renacimiento del vocabulario técnico agrimensor de la Antigüedad y recepción del derecho romano en el siglo XIII, Agri Centuriati, 5, 2008, Pisa, Roma, 21-31.
La investigación en el levante español no es mucho más fácil que en otros territorios de España, pero Ricardo González Villaescusa practica un análisis de las formas que es sensible a todas las posibilidades. Pues no confunde las tramas medievales y las centuriaciones. Igualmente integra la investigación de los regadíos medievales y modernos.

La interpretación de la centuriación de Elche, y en general el conjunto de la planimetría de esta región es objeto de múltiples debates.

En primer lugar existe el debate sobre la interpretación del documento excepcional que es la tableta de bronce en la que se menciona una sortitio.
M. MAYER y O. OLESTI, La sortitio de Ilici. Del documento epigráfico al paisaje histórico, Dialogues d'Histoire Ancienne, 27-1, 2001, 109-130.
Jean-Yves GUILLAUMIN, Note sur le document cadastral romain découvert à la Alcudia (Elche, province d'Alicante), Dialogues d'Histoire Ancienne, 28-1, 2002, 113-134.
Reenvío al crítico y documentado artículo que evalúa la relación que puede hacerse entre el documento epigráfico y la planimetría, y que constituye la actualización más reciente sobre este dossier, con la más reciente bibliografía.
Ricardo GONZÁLEZ VILLAESCUSA, Ce que la morphologie peut apporter à la connaissance de la centuriation d'Ilici (Elche, Espagne), Agri centuriati, 4, 2007, 29-42.
Portugal
Varios artículos conllevan propuestas de centuriaciones en distintas regiones de Portugal.
Rosa PLANA, Le territoire d'Ebora en Lusitanie, en M. Clavel-Lévêque y A. Orejas (dir.), Atlas historique des cadastres d'Europe II, dossier 7, no paginado, Comunidad Europea, Luxembourg 2002.
Helena Paula CARVALHO, Organisation cadastrale autour de Bracara Augusta (Braga, Portugal), Dialogues d'Histoire Ancienne, 34-1, 2008, 155-160.
El segundo de estos artículos, destaca especialmente por el descubrimiento de dos interesantes bornes, de sección cuadrada que presentan en la parte superior plana el decussis, es decir, la cruz que indica las dos direcciones ortogonales. Es un serio índice que lleva a la autora a proponer una trama centuriada orientada a N-16°W. 

Sin embargo, la investigación realizada por Cédric Lavigne en el contexto de un contrato de investigación pilotado por la Universidad de Coimbra condujo a la determinación de la inexistencia de la pretendida centuriación de Pax Iulia (actual Beja).
Cédric LAVIGNE, « Espaço das sociedades antigas : dinamica das paisagens da região de Pax Iulia (Beja) », rapport dans le cadre du projet européen, noviembre 2006, 52 p. y 79 ilustraciones.
Este resultado es especialmente importante ya que se acompaña de la evidencia de abundante información sobre las trazas planimétricas antiguas de la llanura alentejana en torno a Beja. En otras palabras, el autor invierte el interrogante: en lugar de esforzarse por encontrar una centuriación invisible -al menos en el espacio de su investigación, alrededor y al norte de Beja-, prefiere compilar y analizar la importante suma de trazas que ofrece la foto-interpretación de detalle. Evidentemente, no puede concluirse de este estudio la idea de que la centuriación de Pax Iulia no existe. Simplemente no es visible en el espacio próximo de la ciudad que ha sido objeto de investigación y puede encontrarse en otro ámbito.

GUÍA DEL CLIMA EN ESPAÑA

Ricardo González Villaescusa

Reseña aparecida en Apuntes de Ciencia y Tecnología nº 15, junio de 2005

Vicente Aupí, Guía del clima de España. Omega, Barcelona, 2004

Bloques de hielo que se precipitaron sobre España en enero de 2000, la catástrofe de Biescas de 1997 o la caída a -30º C de los termómetros del observatorio de Calamocha en la madrugada del 17 de diciembre de 1963, pueden ser tan “normales” como los periodos en que los datos del clima son estándares. Una ciencia como la meteorología, que ilustró con la célebre imagen del “efecto mariposa” la física del caos, parábola de divulgación científica más que otra cosa, intenta en el momento actual determinar el alcance del denominado cambio climático. Los científicos intentan ponerse de acuerdo sobre la realidad del cambio originada por el impacto de la sociedad industrial sobre nuestro planeta. Sin embargo, ahora que el concepto “cambio climático” empieza a ser aceptado y utilizado por la gente de la calle tras las olas de calor de los últimos veranos, tampoco pueden ser considerados todos los fenómenos “anormales” como síntomas de ese cambio climático. Un buen ejemplo de estos excesos es el haber oído, por el autor de estas líneas, que el Tsunami del sureste de Asia podía tener su origen en el cambio climático, cuando no se trata de un fenómeno meteorológico sino sísmico.

El libro intenta dar respuestas a algunas de estas cuestiones y pretende contextualizar la “anormalidad” de algunos fenómenos en la “normalidad” de las series climáticas y en el comportamiento de la atmósfera, “la máquina más compleja que existe en la naturaleza” según el autor. Sin negar la evidencia de un calentamiento global (página 28 del libro), perceptible en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo, es cierto que no seremos capaces de valorar este fenómeno si atribuimos al fenómeno cualquier situación “anormal” y no despejamos las verdaderas incógnitas.

Este interés por incorporar a la reflexión el impacto en la sociedad de los fenómenos atmosféricos es uno de los logros de la obra. Es consecuencia de la actividad periodística del autor sobre temas meteorológicos en el periódico de mayor tirada de la Comunidad Valenciana (Levante-El Mercantil Valenciano); se añade además la capacidad divulgativa del autor, que incorpora al texto numerosas ilustraciones y tablas de series climáticas. Todo ello acaba haciendo un libro divulgativo de un tema complejo pero que tiene a nuestra civilización “pendiente del cielo”, quizá, más que en aquellos tiempos, no tan lejanos, en que el ser humano no disponía de instrumentos de medición ni instrumentos conceptuales para comprender y predecir los fenómenos atmosféricos. El carácter divulgativo se ve acrecentado por una cuidada edición con numerosas fotografías del trabajo de campo del propio autor en su mayoría, imágenes de satélite y mapas del tiempo, en color, mérito que cabe atribuir a la editorial Omega.

El Capítulo 1, como se ha dicho, nos adentra en las implicaciones sociales del clima y los evidentes síntomas del calentamiento de las últimas décadas. Sigue un Capítulo dedicado a los extremos climáticos, a las puntas de sierra de las series estadísticas recogidas por los observatorios repartidos por la geografía española. El tercero está dedicado a "Los caprichos de la atmósfera", donde se dan cita los tornados, la catástrofe de Biescas y los inviernos cálidos y veranos fríos, como consecuencia de la confluencia de factores que desencadenan fenómenos caprichosos” en el comportamiento atmosférico. El Capítulo 4 está dedicado a las anomalías climáticas iniciadas en el siglo XX, esas de las cuales está pendiente la sociedad actual; mientras que el Capítulo 5 se centra en el escenario climático actual, el de nuestros días. El 6 es un capítulo dedicado a los escenarios climáticos posibles: anticiclones invernales, nevadas, temporales de levante, nieblas… El capítulo 7 hace un repaso a los rasgos climáticos de las comunidades autónomas como consecuencia de la variabilidad climática de la geografía española. El Capítulo 8 es un prontuario cronológico de fenómenos históricos del clima de España. Finalmente, el Capítulo 9 se centra en el cambio climático en España pues “figura entre los países donde los modelos teóricos elaborados por diversos grupos de científicos auguran una subida de las temperaturas paulatina en las próximas décadas, y claras alteraciones del régimen de precipitaciones”. Las tablas de datos de los observatorios de la red principal, con temperaturas máximas, mínimas, medias, precipitaciones, de todo el país…, cierran el volumen.

Sólo cabe una última reflexión suscitada por la lectura del libro desde la interdisciplinariedad de quien se ocupa de la investigación arqueológica desde hace años. Los estudios sobre el clima son deudores de las series estadísticas existentes desde mediados del siglo XIX, según las zonas. Sin embargo, la preocupación de nuestra civilización por el cambio climático hace que se dediquen esfuerzos a observaciones indirectas sobre el clima y el edio ambiente desde las disciplinas históricas y arqueológicas. El Consejo de Europa financió un proyecto, Archaeomedes, que pretendía rastrear el origen de las causas de la desertización y desertificación, para lo cual recurrió a historiadores y arqueólogos liderados por Sander van der Leeuw de la Universidad de Cambridge, y posteriormente de La Sorbona. Las transformaciones agrarias de los paisajes desde el Neolítico, la presión medioambiental de la sociedad imperial romana eran evidenciados y rastreados por los análisis edafológicos y sedimentológicos de los estratos que cubren yacimientos arqueológicos que tienen una determinada cronología; o por las transformaciones de las estructuras agrarias evidenciadas por los análisis de la morfología de los paisajes agrarios.

Los fenómenos extraordinarios en forma de riadas y aluvionamientos o de erosión, también son perceptibles y contextualizables en periodos históricos a través de los restos de instalaciones agrarias de las sociedades pretéritas. De esta forma, la observación restringida en el tiempo, aunque intensiva, de las series estadísticas existentes desde el siglo XIX se ven completadas por observaciones extensivas pero de “larga duración” que permiten calibrar las anomalías climáticas en un periodo muchísimo mayor que el que ofrecen las series estadísticas.

Solamente pondré un ejemplo. Los registros arqueológicos que encontramos en el Mediterráneo permiten observar picos de inundaciones y procesos erosivos posteriores en varios siglos a la época imperial romana y que han sido interpretados como la consecuencia directa de la fuerte presión ejercida sobre el medio en el momento de máxima explotación agropecuaria destinada a una economía de mercado: los siglos I y II d.C. Una observación puntual en un periodo de tiempo corto, los 150 años que transcurren entre mediados del siglo II d.C. y el siglo III d.C. podrían haber incitado a interpretar los síntomas del cambio climático de ese momento como picos en las series estadísticas, aunque no la realidad de las transformaciones profundas que se percibirían con posterioridad. Igualmente, la percepción climática que un observador del siglo V d.C. podría tener jamás habría podido conectarla con los momentos de mayor presión sobre el medio de algunos siglos atrás. La enseñanza parece evidente, si queremos entender los fenómenos anómalos del clima actual que anuncian un panorama poco alentador de futuro, debemos retrotraernos a los del pasado, analizando los del presente y separando el polvo de la paja, los fenómenos normales de los extraordinarios. Como diría March Bloch “es el presente el que plantea y formula las cuestiones del pasado y es el pasado quien esclarece la extraña singularidad del presente”.

En definitiva un libro que no puede faltar en la biblioteca de aquellos que de vez en cuando miran al cielo y se preguntan si caerá sobre sus cabezas.

domingo, 23 de mayo de 2010

PAISAJE Y ARQUEOLOGÍA EN LA SIERRA DE LA MENARELLA

Ricardo González Villaescusa

EN BUSCA DEL JUSTO EQUILIBRIO [Introducción]

Paisaje y arqueología en la Sierra de la Menarella, D. Vizcaíno (coord.) y R. González Villaescusa (editor científico), Generalitat Valenciana, ed. Renomar y EIN Mediterráneo, 2007.

Parafraseando el título de la trilogía cinematográfica En busca del arca perdida, ya camino de constituir una tetralogía, pretendemos dar cuenta de la distancia que aleja la mitología ya asentada de Indiana Jones en el imaginario colectivo de la práctica cotidiana arqueológica y del público en general. Es un lugar común bien asentado decir que la arqueología es una ciencia joven, aunque sea más que centenaria, cuando la mayor parte de las ciencias lo son en su configuración actual. Es cierto, sin embargo, que de treinta años acá la práctica de la arqueología tiene poco que ver con la arqueología que practicaron y nos enseñaron los maestros de las actuales generaciones de arqueólogos y, sin embargo, esa profunda transformación no se ha visto traducida en los planes de estudio. Ni siquiera la veremos relatada en una imaginaria nueva entrega en la que Harrison Ford, en el papel de un emérito profesor Henry Walden Jones, Jr., alias Indiana Jones, se encuentre formando una nueva generación de arqueólogos liberales al servicio de empresas privadas que le soliciten encontrar el Arca de la Alianza en un tiempo record sin que la nueva infraestructura o el PAI se resientan en los plazos de ejecución. Si Spielberg nos dejara hacer el guión a los arqueólogos no sería un film de aventuras sino una película sobre la aventura de ser arqueólogo.

Qué “bonita” es la arqueología nos dicen todos hasta que se encuentran restos arqueológicos en su “patio trasero”. Nadie se zafa de la imagen del técnico que en cuclillas sobre un hueso y pincel en mano puede pasarse horas para saber que allí hubo alguien que murió y que fue enterrado por, al menos, otro alguien. “Curiosa ciencia que descubre lo obvio”, podría extrañar a más de un profano cínico. Ahora bien, cuando se le dijera que ese muerto y los ajuares que le acompañan es de hace unos 2700 años. Que por la interpretación de éstos y de la sepultura que lo ha albergado, hasta su “inoportuna” exhumación, se puede afirmar que aquel señor era el dirigente de una elite que empezaba a acumular riqueza como consecuencia de los primeros contactos con los comerciantes fenicios de la costa, entonces el cinismo se convertirá en irónico interrogante: “¿Y todo eso de unas piedras y unos huesos?”. Estamos condenados a la incomprensión y ello es, en parte, culpa de los mismos arqueólogos. Recientemente, Juan Luis Arsuaga recordaba que “la divulgación científica debe ser realizada por científicos, el origen de las especies puede leerlo cualquiera y El Azar y la necesidad del premio Nóbel Monod es un best seller”. Las leyes que rigen el universo suelen ir en contra de la lógica humana y ese es el principal problema para la divulgación. O, acaso resulta evidente que los continentes, la tierra firme que pisamos, se desplaza, o de que nos movemos a través del espacio en un planeta esférico a pesar de que todas las evidencias en contra de que disponemos gracias al sentido común. Los arqueólogos debemos esforzarnos en comunicar nuestros descubrimientos sin que nuestro discurso se resienta y parezca una jerga oscura y críptica solo inteligible para los iniciados. Precisamente Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermudez de Castro son el mejor ejemplo de lo contrario en nuestro país, en lo que ellos han bautizado “socialización del conocimiento” de un periodo historico que probablemente es infinitamente más árido e incomprensible para el ciudadano medio que cualquier otro momento histórico de la Humanidad. ¿Por qué otros periodos más atractivos a priori no pueden gozar de la misma popularidad?

Hoy en día la arqueología se encuentra en crisis como consecuencia del crecimiento exponencial de su práctica. La necesidad social de conservar el patrimonio, la aplicación a la arqueología del principio ecológico de “quien contamina paga” ha multiplicado por cien las observaciones arqueológicas por doquier como consecuencia de las importantes transformaciones y presiones a que se ve sometido el territorio. Al mismo tiempo se han multiplicado las especialidades y disciplinas de observación de la realidad antigua (ciencias del paleoambiente, polen, carbones, arqueozoología, antropología física, arqueología del paisaje…) dando lugar a nuevas secuencias históricas que los textos no aportarán jamás. Así, la arqueología se ha convertido en una disciplina fuertemente ligada a la ordenación del territorio al tener un amplio repertorio de disciplinas que aportan conocimiento útil sobre la manera en que las sociedades del pasado han actuado sobre el mismo. Desde ese punto de vista, los arqueólogos no son solamente los científicos capacitados para levantar la “hipoteca arqueológica” que pesa sobre el espacio objeto de una nueva ordenación, sino la profesión que mejor conoce lo que deviene el territorio analizado y devuelto a los promotores y a la sociedad, una vez terminadas las tareas de excavación.

Afortunadamente, los parques eólicos de Refoies y Todolella, la Zona II del Plan Eólico Valenciano, han concentrado una alta densidad de hallazgos arqueológicos que ha provocado una multitud de nuevas observaciones en un área poco conocida para la arqueología. Si la ordenación del territorio por las administraciones debe tener como objetivo atenuar los desequilibrios regionales económicos y humanos, compensando y equilibrando intereses en conflicto, en este punto ha intervenido con carácter innovador la arqueología desde la empresa privada intentando buscar el equilibrio al que alude el título de esta introducción, entre la sociedad, los poderes públicos y la empresa. La comarca de Els Ports, los municipios “afectados” o “afortunados” han visto incrementar el conocimiento útil sobre su pasado y, por consiguiente, su patrimonio en términos que nos atrevemos a definir como revolucionarios. Nunca tanta información disponible para el público surgió y se publicó en tan breve lapso de tiempo. Nunca tantos restos del pasado fueron “patrimonializados”. Los habitantes de Els Ports hoy disponen de más patrimonio y mejor conocido y es un hecho incontestable que son más “ricos” en términos patrimoniales. La propia definición de patrimonio tiene un profundo enraizamiento en el propio capitalismo: “el valor de las cosas que se transmiten”. Pero en esta misma línea de pensamiento, no podemos tener una concepción estática de la “riqueza”, del patrimonio en suma, que no se redistribuya en forma de gasto o rendimiento social. Esa es la razón de ser de este volumen.

Creemos en una “patrimonialización”, convirtiendo el sustantivo en un verbo transitivo, tal y como la define A. Micaud, es decir, aquella “actividad social consistente en crear cualquier cosa que toma nombre y valor de patrimonio”, que permite una perpetuación de una entidad social en el tiempo, no solo identificando esos rasgos identitarios respecto de los contemporáneos de esa misma sociedad, sino poder definir en qué medida somos los mismos que “ayer” y en qué aspectos hemos cambiado. Vivimos una época en que, en la misma onda que las teorías económicas del capitalismo tardío, hemos convertido el patrimonio en un recurso. Vivimos un tiempo en que hay que decidir “lo que se guarda” y “lo que se tira” o “lo que se reinterpreta”, lo que nos une entre los que formamos parte de la misma sociedad y entre sociedades que se suceden en el tiempo, entre las generaciones del pasado y las del futuro. Y todo ello puede ser sujeto de la creación de riqueza para regiones alejadas de los polos de desarrollo económico tal y como han sido concebidos hasta ahora. Pero, al igual que el patrimonio de la empresa capitalista, el patrimonio no es un “activo” sin la intervención decidida de hacerlo por parte de la sociedad y de los representantes de los ciudadanos. Cientos de yacimientos arqueológicos no son fuente de riqueza si no existe un plan director que valorice los hallazgos, que explique su significado con un lenguaje sencillo, que haga que merezca la pena que una región alejada de los circuitos turísticos al uso sea un destino apetecible para el consumidor de turismo cultural.

Desde Ein Mediterráneo S.L. se ha pretendido innovar con la aportación de la arqueología a la construcción de los parques eólicos integrándola en la dirección ambiental de la obra. Junto a la dirección de la obra civil, la dirección ambiental es prioritaria porque viabiliza la obra, diseñando y proponiendo alternativas, superando los aspectos técnicos desde la oficina técnica y buscando criterios que armonizaran los intereses en conflicto. Los yacimientos excavados ahora, ya, son patrimonio, pero deben ser patrimonializados.
* * *
La publicación que tiene el lector entre sus manos también es fruto de tensiones y de intereses encontrados que han llegado, creemos, a buen término. Es infrecuente conseguir una pronta publicación de excavaciones que, en el momento que vea la luz este texto, es posible que se hallen en proceso de ampliación. Los arqueólogos tenemos poca querencia por escribir. Es inherente a la profesión, somos personas de acción y de aire libre pero escribimos poco en la soledad del autor frente a la pantalla del ordenador. Conseguirlo ha sido el resultado de un difícil equilibrio, uno más, entre tres partes implicadas: los arqueólogos directores de las excavaciones y productores del conocimiento útil junto a los especialistas de las ciencias auxiliares, el coordinador de esta publicación representando los legitimos intereses de la empresa a valorizar y divulgar los trabajos arqueológicos, preceptivos según la Ley de Patrimonio, y, finalmente, el editor científico, cuya función ha sido la de intentar conseguir una publicación homogénea, en el fondo y en la forma, y de un nivel científico aceptable. Solo el lector será capaz de juzgar si hemos alcanzado ese equilibrio.

En cuanto a los resultados de la propia publicación queremos resaltar algunos aspectos. En primer lugar, recordar que se trata del primero de una serie de volúmenes que recogen resultados preliminares. En nuestro ánimo está que el conocimiento generado sea acumulativo y que el último de los volúmenes sea el colofón de los trabajos iniciados y publicados en éste y sucesivas publicaciones. La lógica de la delimitación en zonas del Plán Eólico Valenciano no es la misma que la de una problemática científica preestablecida, ni siquiera la lógica de la administración competente en materia de patrimonio a la hora de decidir qué yacimientos han de ser excavados o cuáles han de ser sondeados o conservados. En ese caso preside un principio de inventario, de patrimonialización en definitiva. Por ello, nuestra voluntad es la de acumular conocimientos de manera que el último de los volúmenes que aparezca intente aportar una síntesis de los trabajos realizados en la zona. También pretendemos estimular a las administraciones y a las universidades en la realización de un programa que englobara las zonas del Plan Eólico Valenciano en una problemática científica que tuviera en cuenta las zonas no contempladas por los parques eólicos y los yacimientos que quedan fuera del mismo sin atender a lógicas propias de la obra civil (los parques) o de las administraciones competentes (políticas de patrimonialización, delimitación entre Aragón y la Comunidad Valenciana...) planteando interrogantes e intentando responder respuestas a las preguntas que surgen de la praxis científica.

Aparte del valor acumulativo de los nuevos datos que aporta este volumen hay una serie de conocimientos nuevos, inherentes a la zona, sobre los que queremos llamar la atención del lector. La montaña de Els Ports es una región frecuentada por las últimas culturas del Paleolítico si bien la mayor densidad de poblamiento se alcanza a finales de la Edad del Bronce con una serie de pequeños poblados no del todo sedentarios, donde domina una economía pecuaria. Parece que la evolución social de estos grupos tendía hacia una división funcional del trabajo y a una progresiva jerarquización del hábitat en la primera Edad del Hierro. Proceso interno que recibirá el catalizador de las primeros contactos fenicios o griegos coincidiendo con la fundación de los emporios o colonias fenicias de la, entonces, alejada costa. Ese contacto desencadenará un proceso social que provocará la aparición de los primeros estados estamentales. Esa es una de las primeras problemáticas en las que debemos ahondar en futuros trabajos: discernir si se trata de un proceso de cambio social endógeno acelerado por el arribo de comerciantes del otro extremo del Mediterráneo, más en línea con los trabajos de F. Burillo o los investigadores del Bajo Aragón, o si realmente el factor externo de carácter colonial es determinante en el proceso de transformación social. En la misma dinámica, con los datos obtenidos hasta ahora, parece confirmarse que las importaciones fenicias que se encuentran en la sierra de la Menarella no son el reflejo de una red comercial controlada por fenicios, sino de un comercio controlado por intermediarios indígenas como ocurre en las zonas vecinas más intensamente investigadas por otros equipos.

Otro de los temas que merecen elaborar estrategias que interroguen al registro arqueológico con el fin de obtener respuestas es el de la evolución social entre las sociedades tribales y las sociedades estamentales, entre los grupos locales más o menos autónomos y el control del espacio de forma centralizada por parte de los primeros oppida. En pocas palabras, precisar la cronología y los procesos sociales de aparición de los primeros estados y de las primeras ciudades en la zona que nos ocupa.

En otro orden de cosas, es una región típicamente pecuaria y zona de paso de la trashumancia medieval y moderna entre el Bajo Aragón y la costa mediterránea y, sin embargo, la temática pastoral no ha hecho más que aflorar en este primer volumen. En este sentido también debemos precisar las preguntas que debemos y podemos formular al registro arqueológico para discernir si la relación espacial entre asentamientos y vías pecuarias que se aprecia en la figura final del volumen, la 358, es fruto de una prospección sesgada no sistemática o si la dispersión de los asentamientos jalonando los “pasos naturales”, que constituye la red de veredas ganaderas podría hacer remontar los orígenes de la trashumancia al Bronce Final o el Hierro Antiguo. Pero antes debemos poder definir el registro arqueológico de los asentamientos puramente pastorales, tanto en prospecciones superficiales como en excavación, lo cual es harto difícil.

Es evidente que se trata de un medio que favorece principalmente el pastoreo pero solo algunos indicios indirectos como es la fuerte influencia de los rasgos culturales del Bajo Aragón, permiten suponer que la zona pudo ser un paso de ganados entre el Bajo Aragón y la costa. Sin embargo, salvo el caso de la trashumancia italiana de época imperial descrita por Varrón, en la Antigüedad solo se documentan movimientos de trashumancia vertical a corta distancia, la “normal” o de “veranada”. Y, como podrá leerse más adelante, la región es apreciada por sus pastos de verano.

En futuros trabajos deberemos encontrar respuestas para discernir si en la antigüedad los pastos de Els Ports son punto de destino o lugar de paso. Si se trata de un punto de destino es preciso distinguir si lo es desde la costa (trashumancia normal, vertical o de veranada) o, si lo es desde el interior, desde las tierras del Bajo Aragón, (trashumancia inversa o invernal), bien sea atravesando la sierra de la Menarella o bien quedándose en ella para agostar.

En esta misma línea de trabajo surge un nuevo interrogante que tiene como base la organización política del espacio atravesado por la trashumancia, sea del tipo que sea. E. Gabba afirmaba en 1979 que la trashumancia, por su carácter itinerante surgía de una concepción prepolítica del espacio, previa a la aparición de la polis, fruto de sociedades no estatales. Chandezon, creyendo inconcebible la trashumancia en el marco de la polis, se extraña de que los mercados y la artesanía textil reflejan una clara atonía, en el momento en que precisamente se dan las circunstancias propicias, al incorporar Grecia al Imperio Romano como un mercado uniforme y con una autoridad fuerte que permitiera el paso de los ganados a través de los territorios de diferentes ciudades.

Esta contradicción no resuelta nos reenvía a la diferente ocupación del espacio de la sierra de la Menarella en el periodo romano. Con los exiguos datos de que disponemos, las bases de la explotación ganadera tradicional serían subvertidas en beneficio de las explotaciones agrícolas de tipo villa de altura. No obstante, subversión no debe confundirse con desaparición. Es importante no olvidar la pervivencia de “franjas de las sociedades indígenas” que subsisten al fuerte barniz de la romanización. Queda por definir qué función cumpliría en el nuevo contexto la única ciudad romana en muchos kilómetros a la redonda, Lesera, que, aun siendo de reducidas dimensiones, alcanza el rango de municipio. No parece, pues, que la economía ganadera regional haya tenido un peso de importancia en el contexto del Imperio, lo que es coherente con el silencio de las fuentes escritas al respecto.

Precisamente el gran vacío urbano destacado por F. Arasa entre el Ebro y Saguntum y que el autor, basándose en P. Jacob, lo define como un proceso de urbanización truncado con el abandono de los antiguos oppida ibéricos y el desarrollo de un poblamiento rural que caracterizará el período romano e incluso en época medieval donde Burriana, una pequeña ciudad, es la única excepción. Podemos preguntarnos si el fenómeno observado por E. Gabba o F. Rechin en Italia o en Aquitania es aplicable a esta zona, pues según ambos autores las regiones eminentemente ganaderas irían a la par de un “subdesarrollo” urbano.

Los trabajos que presentamos se inscriben, pues, modestamente, en dos tipos de problemáticas generales. De un lado, en la conservación del patrimonio donde arqueólogos e historiadores, pero también promotores, políticos y ciudadanos, implicados en decisiones que conciernen el pasado, el presente y el futuro de las sociedades. Por otro lado, nos hemos adentrado en la historia de nuestra sociedad, apostando, sin asumir grandes riesgos, que las particularidades de la sociedad local son un reflejo de la sociedad global.

Gérard Chouquer
CNRS - UMR 7041 Archéologies et Sciences de l'Antiquité 

Traducción de la reseña de Gérard Chouquer con ocasión de la declaración del Libro del mes (diciembre) en el portal Archeogeographie

¡La montaña media está de enhorabuena! Recientemente dimos cuenta de trabajos sobre Cerdeña (el libro del mes de octubre de 2009) y los Alpes (el libro del mes de mayo de 2009). Nos encontramos frente a un gran y precioso libro sobre la Sierra de la Menarella, que se encuentra en el País Valenciano, a unos 80 km al norte de Castellón. Esta montaña fue el lugar elegido para la instalación de un parque eólico y el volumen reúne la suma de estudios previos llevados a cabo para salvaguardar el patrimonio. Los trabajos permitieron descubrir la riqueza insospechada de este espacio geográfico original.

Tras un capítulo de geografía física que presenta el medio calcáreo -un paraíso para el estudio de las formas resultantes de la erosión de las cadenas plegadas y de relieves tabulares- y que ofrece las bases de una división en microsectores, el libro reúne una sucesión de capítulos locales, basados sistemáticamente en el mismo plan, y que estudia los distintos aspectos de los yacimientos arqueológicos descubiertos. Los más antiguos datan del epipaleolítico y mesolítico, y los más recientes de la Antigüedad tardía y de la alta Edad Media. Pero son los hábitats de altura de la Edad del Hierro los que más llaman la atención, ya que indican la importancia de la ocupación del suelo en esta época, en la línea dorsal y las plataformas de las cumbres que separan la provincia de Valencia de la de Teruel.

Más de una quincena de autores contribuyeron a la realización de estos estudios arqueológicos y geomorfológicos.

El capítulo final, debido a Joan García Biosca y a Ricardo González Villaescusa, intenta dar las “claves” de este paisaje de montaña. Para ello los autores movilizan documentos y métodos para integrar el asentamiento de estas montañas medias ("colinas altas" dicen los autores p. 346), principalmente desde la Edad del Bronce hasta nuestros días. ¿Cómo se llegó al paisaje pastoral actual? ¿Qué etapas ha atravesado este paisaje? ¿Cuáles fueron las adaptaciones vinculadas a las fuentes y recursos hídricos, a las comunicaciones, a los itinerarios de la transhumancia? ¿Qué determinismos físicos debidos al relieve se produjeron? Ello es el pretexto y ocasión para que los autores propongan un arqueología del paisaje global y extensiva (basándose a la vez en el site catchment analysis y en la arqueología del paisaje), en busca del sistema de asentamiento que explique la naturaleza y la distribución de los yacimientos observados.

Un paisaje de caseríos -llamados masías del lado aragonés y masos del valenciano- y de terrazas construidas, que en su gran mayoría datan probablemente de la baja Edad Media, sucede al paisaje de la protohistoria. Es sin duda el período en que las pendientes y los fondos de valles se cubren con terrazas adaptadas a las formas dictadas por la pendiente y el relieve, y cruzadas por los cañadas de la transhumancia. Los autores asignan un papel decisivo al criterio de la visibilidad y analizan en este sentido los puntos más altos de la sierra de la Menarella : superficie de visibilidad, relación con los caminos de transhumancia, con los descansaderos del ganado...

La explicación histórica tradicional de estos paisajes de trashumancia de la montaña del levante español es que se originarían con las trashumancia de origen medieval islámico. Los autores discuten esta posibilidad en la zona de estudio, mostrando que sería interesante prolongar la investigación para saber si el desarrollo de las formas del pastoralismo puede ponerse en relación con la comercialización y los cambios  que los textos  prueban, con la naturaleza y la dinámica del hábitat de la Sierra de la Menarella.

Las etapas siguientes son la transformación en un paisaje de pastos (la dehesa); la posterior crisis de este modelo; y, finalmente, la transformación en un paisaje de agricultura de secano en el que las estructuras previas adquieren su aspecto arqueológico actual.

Un precioso libro de arqueología, suntuosamente publicado e ilustrado.

Alain Marre
Université de Reims Champagne Ardenne

Traducción de la reseña de A. Marre, aparecida en Physio-Géo, vol. 3, 2009, en línea desde el 22 junio de 2009. Consultado el 22 de mayo de 2010.

"En busca del equilibrio justo". Es así como, parafraseando el título de una famosa película, R. GONZALEZ VILLAESCUSA introduce esta obra.

En efecto, este estudio pudo llevarse a cabo gracias a la instalación de un gran parque eólico en la región de Valencia (España). El interés energético actual permitió desarrollar una acción de investigación y conservación patrimonial. Es también probablemente gracias a un mecenazgo de empresa que los autores pueden ofrecernos una muy bonita publicación. La presentación es excelente; las fotografías espléndidas (lo que no impide apreciar algunos fallos: la misma fotografía se da con dos leyendas diferentes en las figuras 35 y 41), los planos y esquemas son muy buenos; el trabajo de dibujo es excelente.
El primer capítulo es un estudio de geografía física. Un primer capítulo de análisis clásico y sólido del medio físico, que pone de relieve los procesos geomorfológicos que tienen consecuencias sobre la arqueología y la evolución de los paisajes de la Sierra de la Menarella. Este análisis permite así realizar una sectorización que servirá de base al estudio arqueológico. Perfectamente ilustrado por estratigrafías y planos geomorfológicos sencillos y unas muy excelentes fotografías. Una sucesión de capítulos sigue esta primera etapa. Construídos sistemáticamente sobre una misma estructura, presentan los trabajos arqueológicos realizados sobre cada uno de los sectores: el contexto geomorfológico, los yacimientos, el mobiliario arqueológico documentado y una breve interpretación.

Al final de la obra, un gran capítulo de síntesis da las claves para la comprensión de un paisaje de media montaña mediterránea. Al utilizar las observaciones de terreno, los archivos históricos, los resultados de las investigaciones arqueológicas y la fotointerpretación asistida por un SIG, se muestra cómo la ocupación de estas montañas se realizó desde el final de la edad del Bronce hasta nuestros días. La distribución espacial de las tierras (de labor, pastos y bosques) se analiza teniendo en cuenta la organización del relieve (pasos de montaña), distintos medios (vertientes, fondos de valles) y recursos hidráulicos con su ritmo estacional. Se analizan algunos ejemplos precisos, ilustrados por bloques diagramas y planos. Demuestran, por una parte, la organización espacial y la evolución de la ocupación de estas montañas y, por otra parte, la importancia de los itinerarios trashumantes que adquieren, con los puertos de pasos para el ganado, un papel estructurante y casi estratégico.

Este estudio es el fruto del trabajo de catorce autores y de un gran número de investigadores de terreno. Tiene un carácter pluridisciplinar con la reunión de geomorfólogos y arqueólogos. Benefició probablemente a de una financiación correcta. Lo que permitió realizar un buen estudio de una montaña mediterránea que muestra un ejemplo de diagnóstico de la evolución de un medio más o menos fragilizado. Proporciona los elementos fundamentales del funcionamiento de este tipo de montaña media que permite así proyectar una buena conservación, haciendo al mismo tiempo una explotación moderna por medio del parque eólico.

MEDIO AMBIENTE Y SOCIEDAD. LA CIVILIZACIÓN INDUSTRIAL Y LOS LÍMITES DEL PLANETA

Ricardo González Villaescusa

Reseña aparecida en Apuntes de Ciencia y Tecnología, nº 12, septiembre de 2004

E. García, Medio Ambiente y Sociedad. La civilización industrial y los límites del planeta. Alianza Ensayo, Madrid, 2004


El día que empiezo a escribir estas líneas dos noticias preocupantes abren los telediarios: el terrorismo checheno y las inundaciones del litoral mediterráneo. El llamado “terrorismo internacional” y el cambio climático. Lo inquietante no es que el año pasado hiciera más calor que nunca. Tampoco lo es que este final del verano sea el más lluvioso del litoral noreste mediterráneo desde que existen series de datos sobre el clima. Lo verdaderamente inquietante es que las series climáticas tienen picos, anomalías, demasiado frecuentes y reiterados. Las más altas temperaturas del siglo se alternan con las riadas más devastadoras. Algo pasa a pesar de las afirmaciones de aquellos que no creen que haya elementos suficientes para hablar de un cambio climático. Tras el caluroso verano de 2003, cambio climático, es una expresión coloquial que forma parte del vocabulario de la gente de la calle, ya sin mayor discusión.

Acostumbrados a leer en otras lenguas sobre medio ambiente y sociología medioambiental, resulta infrecuente encontrar una aportación en castellano ineludible, ya, para esta disciplina. Un libro de lenguaje ameno y fluido que, sin embargo, es engañosamente sencillo pues requiere de numerosas relecturas para abarcar las múltiples implicaciones de las afirmaciones que se realizan, así como de los datos que se facilitan a lo largo de la obra. El autor no es desconocido en la bibliografía sobre el tema pero con esta aportación marca un hito relevante en su trayectoria científica.

Cuando se lee este libro se está permanentemente invadido por una desazón y pesimismo, lúcido si se quiere, pero inevitable; pero ¿no dicen que un pesimista es un optimista bien informado? Veamos por qué.

El primer capítulo está destinado a clarificar la relación entre las ciencias ambientales y la sociología. Insistiendo en la excepcionalidad de las ciencias sociales y en la irreductibilidad de la parte social en el complejo sistema “medio ambiente-sociedad”. Así, las ciencias ambientales generan una impresión compartida de estar frente a un “objeto de conocimiento que, en parte, responde a conceptos y métodos que nos resultan familiares, pero que en otra parte, que es sustancial, atraviesa las fronteras entre disciplinas, requiriendo diversas perspectivas de investigación”. Es evidente que los nuevos problemas requieren de nuevas perspectivas; pero, ante la cuestión de si estas nuevas necesidades epistemológicas reclaman una cierta reunificación de la ciencia, como postula E. O. Wilson, el autor se decanta, al igual que quien escribe estas líneas, a favor de algo más que un “asalto interdisciplinar” pero bastante menos que la reaparición de una “ciencia unificada”.

En el segundo capítulo aborda los diferentes enfoques sociológicos que se han ocupado de los estudios medioambientales, desde los inicios, pasando por el materialismo histórico y llegando al enfoque de la sociedad del riesgo del sociólogo alemán U. Beck.

El capítulo tercero lo inaugura el autor planteando los postulados que fundamentan la sociología ecológica: “a) el objeto de estudio no es la sociedad sino el sistema formado por la sociedad y el medio ambiente; b) las relaciones entre sociedad y medio ambiente dependen siempre de formas históricas concretas de la tecnología, la desigualdad social y el sistema de necesidades; c) la expansión de la civilización industrial está siendo condicionada ya por los límites de la naturaleza para suministrar recursos y absorber residuos.” Y, teniendo en cuenta estos principios se adentra en el debate de si existen límites naturales que condicionen el crecimiento y en el concepto de sostenibilidad desde el punto de vista de las ciencias sociales. Así, la principal conclusión es que se trata de una variable sociológica a tener en cuenta. En el estudio de la sociedad contemporánea el medio ambiente no puede considerarse como un fondo constante, inalterable por las acciones sociales, e irrelevante para su análisis.

El capítulo cuarto lo dedica al futuro “incierto” del concepto sostenibilidad resaltando que el éxito del mismo se debe a la ambigüedad que lo envuelve, no tanto teórico o conceptual, como política. Tanto la izquierda como la derecha pueden identificarse con la palabra, los verdes la usan como legitimación de sus denuncias y los “productivistas” como ratificación de que la prioridad del desarrollo solo requiere de algunos ajustes para que pueda darse. Sin embargo, la sostenibilidad solo depende del factor tiempo: sostenible, sí, pero ¿durante cuánto tiempo? Al final todo se reduce a intentar alcanzar un quimérico equilibrio que permita mantener los procesos socioeconómicos que sustentan el bienestar alcanzado por algunos sectores de la población mundial (y teóricamente extenderlo a otros sectores) y la conservación de los sistemas naturales que soportan la existencia social. Idea, la de sostenibilidad, imprecisa e inasible si se quiere aunque, como dice el autor, no menos que otros conceptos de la ciencia social como son democracia o justicia.

Así, en los últimos capítulos, se llega al nudo gordiano que explica la situación actual. Las sociedades industriales han atenuado los conflictos sociales gracias a una mayor presión sobre el medio, como a una externalización de los costes; sobre el mundo preindustrial y sobre las generaciones futuras. Es decir, hemos adquirido mayores niveles de bienestar no gracias a una redistribución efectiva de la riqueza sino a una mayor presión sobre aquellos que no generan conflictos sociales: el medio ambiente, las sociedades del tercer mundo y las generaciones futuras que “ni votan ni compran hoy en los mercados”. ¿O, acaso sería el mismo precio del crudo si tuviéramos en cuenta la escasez que afectará a los que heredarán la Tierra? Por tanto, la crisis medioambiental actual no es nueva sino global y acelerada.

Aunque no haya motivos para el optimismo y consciente de que el problema escapa a soluciones fáciles, el autor hace depender la sostenibilidad de tres factores básicos: la población, las tecnologías utilizadas y el consumo. En el factor población, aumentando el control demográfico, aunque eso afecta a una profunda reelaboración cultural de significado de la familia, la reproducción, la vida o la muerte, y no parece sencillo. La sustitución de las tecnologías utilizadas por otras más ahorradoras de energía y menos contaminantes (ecoeficiencia). Y, finalmente, la tendencia a una sociedad menos derrochadora. Es evidente que una pequeña parte de la humanidad consume muy por encima de lo que es bastante (suficiencia). Del equilibrio razonable entre control demográfico, ecoeficiencia y suficiencia depende la sostenibilidad.

Como quiera que las generaciones futuras no turban nuestra tranquilidad, los otros dos objetos de externalización, las sociedades preindustriales y el medio ambiente, nos devuelven, si se me permite la expresión, los conflictos” que hemos desplazado fuera de las fronteras del mundo industrial. ¿El llamado “terrorismo internacional” y el cambio climático no son un buen indicio de esa externalización de los conflictos que llevan a cabo los países industriales desde el siglo XIX y el XX?

martes, 11 de mayo de 2010

TERRISSA. DADES DOCUMENTALS PER A L´ESTUDI DE LA CERÀMICA MALLORQUINA DEL SEGLE XV

Josep Vicent Lerma

Recensió apareguda al Bolletí de la Societat Arqueològica Lul·liana, nº 52, Palma de Mallorca, 1996, 476-477

M. Barceló Crespí, G. Rosselló Bordoy, Terrissa. Dades documentals per a l´estudi de la ceràmica mallorquina del segle XV, Palma de Mallorca, 1996

Els autors, de reconeguda solvencia a les seues respectives matèries -els documents medievals d´arxiu i l´arqueología- venen a incidir escaientment en una problemàtica en la qual ja d´altres, amb major o menor sort, s´havien aventurat des de les darreries del segle XIX, ara bé, amb l´avantatge que el dóna la complementarietat de llurs amples coneixences, en línia amb la necesaria formació d´equips investigadors interdisciplinaris, defensada per tots, però poques vegades duta a la pràctica. Doncs si les estratègies epistemològiques d´ambdós autors poden ser diverses, la realitat històrica i material objecte de llurs treballs, podem raonablement admetre que degué ésser única.

En aquest sentit llurs análisis, que han aïllat una cifra total de 1.615 ítems, han proveït una informació de primera mà de la realitat material dels aixovars domèstics, fonamentalment del segle XV, d´unes singulars contrades com ara les illes Balears, esdevingudes en esencia consumidores i redistribuïdores de pràcticament totes les principals produccions ceràmiques mediterrànies coetànies: obra de Malicha, València, Barcelona, Bujia, Galati, Gènova, etc., que en l´obra que aquí comentem se´ns disseccionen i revelen en llur veritable significat.

D´aquesta manera, un tal apropament, no fa sinó fer paleses les mancances investigadores, sobre tot filològiques, que paradoxalment, encara pateixen els gran centres terrissers del principat o del país Valencià, después dels antics treballs dels Osma, Olivar Daydí i Almela i Vives, i que amb aquesta nova publicació, sens dubte, es veuran incentivats els propers anys, com a conseqüència del mimetismo científic, sovint merament seguidista, ja albirat pels seus mateixos autors, que treballs de característiques tan excepcionals com el present solen generar.

Tot i amb això, no deixa de trobar-se latent dins del "discurs" de l´obra un cert relativisme al voltant de la questió dels autèntics continguts semàntics dels noms de les "coses ceràmiques" -"obra de terra"- als distints territoris del domini lingüístic català. Si bé es cert que en èpoques recents s´hi constaten diferències com a resultat natural dels seus processos evolutius històrics autònoms, els propis autors dubten de la possibilitat real de la seua materialització sobtada al llarg dels segles XIV-XV, moment en el qual sí que sembla haver existit en aquest camp de la cultura material un substrat lèxic genèric compartit dins del marc dels països mediterranis de l´antiga Corona d´Aragó, on la presència / absència de mots com "march" -gerra de grans dimensions-, "planter" i "terraç", no es pot considerar percentualment significativa, o "porró" i "forma" no són susceptibles d´ésser avaluats sinó com a resultat d´un artesanat específic -la fabricació del sucre- geogràficament molt localitzada al Ducat de Gandia (La Safor, València), i conseqüentment gairebé exclusives de les terres valencianes.

De tota manera, l´elevat nivell de dificultat d´una investigació del carácter de la present, suposa per part de llurs protagonistas l´aceptació d´un repte intel•lectual considerable, que probablement no trigarà en recollir la seva inevitable ració de detractors entre aquells sectors d´estudiosos de la terrisa medieval seduïts per l´assèpsia dels sistemas alfanúmerics purs i durs.

La idendificació del nom d´un atifell consignat en un document notarial baixmedieval amb un vas concret exhumat en una excavació arqueològica, és sense cap dubte, una àrdua i delicada tasca en la qual els investigadors més abnegats estan exposats a realitzar "lectures" errònies, com el mateix Osma, que interpretà les "gerretes piamenteres" d´un document de 1517, destinades a contenir vi, pebre i mel, com a "tarros para pimientos" (sic); o més recentment la interpretació per part de V. Guerrero com a àmfores orientals tardoantigues de les alcolles o gerres sorgides realment dels torns de les "Olleries Majors" de Paterna. No obstant això, i des de la legitimitat de la Teoria del Coneiximent aportada pel mètode hipotètico-deductiu, se´ns revela de tot punt encertat un apropament d´aquest caire, en línia amb els autors d´aquest valuós assaig, en tant que els seus resultats constitueixen per se un patrimoni històric i cultural irrenunciable gratuïtament.

La Terrissa. Dades documentals per a l´estudi de la ceràmica mallorquina dels segle XV ha vingut a culminar, ara per ara, unes lúcides trajectòries Intel.lectuals, conegudes per tothom, mitades en el cas de Guillem Rosselló Bordoy per títols com ara Ensayo de sistematización de la cerámica árabe en Mallorca (1978) o El nombre de las cosas en al-Andalus? (1991), i en el de María Barceló Crespí pel seu Elements materials de la vida quotidiana a la Mallorca baixmedieval (Part forana) (1994), els quals han marcat en bona mida, les línies mestres per on ha discorregut a l´estat espanyol el desenvolupament dels estudis al voltant de la cultura material de les formacions socials de l´Edat Mitjana, singularment les andalusines; i sens dubtar-ho aquesta obra sembla destinada a convertir-se en els anys vinents en un referent bibliogràfic obligat entre les més destacades investigacions d´aquest tipus.

domingo, 9 de mayo de 2010

EL PAISAJE COMO PATRIMONIO

Ricardo González Villaescusa

Levante-EMV, Territorio y Medio Ambiente, 23 de enero de 2005
Presentación del libro, Las formas de los paisajes mediterráneos, Jaén, 2002
Indice del volumen en la web Archéogéographie
    La percepción del patrimonio que tiene buena parte de los planificadores del suelo, sea urbano o rural, ha cambiado en los últimos veinte años. Como consecuencia de gestiones improvisadas y a pesar de los avances logrados, el resultado actual se encuentra en franco retroceso. Ello se traduce en la pérdida cotidiana de patrimonio cultural de toda índole, aunque fundamentalmente arqueológico, y no tanto por una falta de preocupación explícita, sino por una gestión que no ve más allá de lo inmediato, por una percepción del patrimonio como algo contemplativo que en la práctica cotidiana genera problemas. Sin embargo, el patrimonio no debe ser un freno para el desarrollo y la gestión del territorio, sino un útil de gestión y un factor estratégico.

    A ello se añade una nueva urgencia derivada de la paulatina desaparición de los paisajes rurales y de la Huerta que conlleva el daño colateral de la disipación de la institución del Tribunal de las Aguas, tal y como ha puesto de relieve el Escrit sobre el perill de desaparició del Tribunal de les Aigües en el marc de l'amenaza de desaparició de l'Horta, de 28 de junio de 2004.

    Esta situación se debe, en parte, a la desconexión de las políticas patrimoniales y las de investigación y desarrollo (I+D). La gestión diaria del patrimonio carece de relación con las líneas de investigación básica, fundamentalmente por la falta de implicación de la universidad ante la ausencia de demanda de las administraciones a aquélla para la creación de líneas de investigación que resuelvan los problemas de la gestión diaria. En ese sentido extraña la ausencia de una formación específica en las universidades, donde aún no se han creado titulaciones ni existen prácticamente asignaturas específicas sobre arqueología de gestión, del paisaje, y menos aún en arqueología preventiva, a diferencia de las universidades francesas e italianas.

    Estos conceptos (paisaje, arqueología preventiva...) son críticos con una idea de la arqueología en general y de la excavación en particular como un método de conocimiento puntual y destructivo de un recurso patrimonial no renovable. La arqueomorfología o los análisis morfodinámicos de los paisajes rurales y urbanos se centran en los territorios como principal objeto de la investigación, las formas de los paisajes como sistemas estructurantes de la actividad agraria y como marcadores culturales en el medio, y las formas del hábitat como identificadores de la presencia humana.

    La arqueología del paisaje y el análisis morfológico de las formas agrarias mediante cartografía histórica o actual, la fotografía aérea o las escenas satélite, junto a los datos derivados de las prospecciones sistemáticas, es la técnica más adecuada para el desarrollo de cartografías y documentos de evaluación del patrimonio y atlas de cartografía histórica integrados en sistemas de información geográfica (SIG) aplicados al concepto de riesgo de impacto arqueológico en la arqueología preventiva y la protección de bienes culturales.

    Frente a las cartas arqueológicas tradicionales confeccionadas en los años 80 y 90 como simples dispersiones de puntos sobre un plano, que resultan prácticamente inoperantes para la toma de decisiones prospectivas, debería poderse definir los elementos constitutivos de documentos de gestión urbana y territorial histórico-arqueológica cuyo espíritu deberia ser el diseño de planos de potencialidades patrimoniales, ambientales y de aquellos aspectos técnicos que permitieran la ordenación territorial como un planteamiento anticipador y estratégico para determinar los valores más oportunos y transformadores de una política territorial, como aconseja la Estrategia Territorial Europea (ETE).

    Para ello debería definirse una metodología de catalogación, protección,  conservación y explotación sostenible del patrimonio paisajístico, así como la creación y perfeccionamiento de métodos no destructivos de catalogación y conocimiento científico en el marco de una arqueología preventiva a través de una arqueología del paisaje.

    La definición de la Convención Europea del Paisaje (Florencia, 2000), que establece que un paisaje es "una parte del territorio percibida por las poblaciones, cuyo carácter resulta dela acción de factores naturales y/o humanos y de sus interpretaciones", debe ser dotada de contenido. Se hace urgente definir una política patrimonial sobre el paisaje a aplicar en el ámbito de la Comunidad Valenciana, con el objetivo de proteger y ordenar los paisajes de la Comunidad.

    De esta forma es imprescindible, como establece el artículo 5 de dicha convención, el reconocimiento jurídico del paisaje, la definición y aplicación de las políticas que le afectan, y la integración del paisaje no solamente en las políticas de ordenación del territorio. como ya hace la ley 4/2004, de 30 de junio, de Ordenación del Territorio y Protección del Paisaje de la Comunidad Valenciana, sino también en las políticas de urbanismo, culturales, ambientales, agrarias, sociales y económicas.


    Prefacio de Gérard Chouquer
    Es raro que un investigador formado en una especialidad, se dé a conocer más tarde como uno de los mejores en otra bien diferente. Es el caso de Ricardo González Villaescusa, que ha pasado con acierto de la arqueología funeraria -objeto de una tesis publicada- al estudio de las formas históricas de los paisajes. Los textos reunidos en este volumen datan todos del periodo comprendido entre 1995-2000, y son testimonio de su actividad y de su curiosidad científicas.

    Desearía en este prefacio subrayar algunos aspectos importantes de su trabajo, en razón del contexto científico y de su participación en la evolución de los debates que se llevan a cabo sobre los paisajes y su estudio.

    Conviene, antes que nada, resaltar la aportación de Ricardo González Villaescusa al debate teórico y a la construcción de las herramientas del análisis morfológico. Quizá el lector sepa que desde hace una decena de años, un grupo de investigadores que coordino emprendió la tarea de realizar una serie de análisis morfológicos con el fin de reflexionar sobre los presupuestos normales que conciernen a las formas agrarias habitualmente atribuidas a una u otra sociedad antigua. Esta labor surge de una primera renovación que fue conducida por los historiadores de la antigüedad, en los años 70 y 80, sobre el tema clásico de las centuriaciones, y que condujo a una reafirmación de las condiciones en las cuales era abusivo pretender identificar una centuriación romana. Pero al mismo tiempo que se conducía esta empresa de retorno al rigor el entusiasmo por el objeto provocó, paradójicamente, nuevos extravíos..., y florecieron las falsas centuriaciones.

    Es también la época en que las sociedades medievales no tenían formas, es decir, los medievalistas no veían el interés en buscarlas. Se vivía sobre la base de los trabajos de la arqueología anglosajona que planteaban el siguiente supuesto: la puesta en marcha de los openfields se habría producido en el marco de una planificación bastante generalizada de los terrazgos agrícolas. A principios de los 90, los medievalistas recordaban todavía este doxa.

    El trabajo de nuestro grupo -al cual Ricardo González Villaescusa se unió desde principios de los años 90 y que ha seguido fielmente, pese a la incomodidad de los desplazamientos y estancias lejos de su país- ha consistido en emprender una refundación bastante completa o, más exactamente, a tomar progresivamente consciencia de la necesidad de esta refundación.

    El lector interesado podrá encontrar en las recientes publicaciones que se encuentran citadas en la bibliografía del volumen, la descripción de esta corriente de morfología histórica y dinámica, sus conceptos y elaboraciones, su epistemología y su metodología. Me limitaré aquí a decir rápidamente que Ricardo González Villaescusa mostró una aptitud a conceptualizar que nos sedujo a todos desde el primer momento. Recordamos bien cuando nos propuso el concepto de regularidad orgánica, cómo llamó la atención sobre la importancia de la conexión en el seno de los sistemas y redes parcelarias de riego, cómo reflexionó sobre las condiciones de la morfogénesis de los sistemas parcelarios coherentes, y cómo supo, finalmente, trasladar estas nociones a la interpretación de interesantes documentos cartográficos.

    Con la lectura de los capítulos de este libro, sorprenderá al lector el camino que el autor ha hecho avanzar a la investigación española. Es él quien personifica la transición, o si se prefiere, la articulación, entre geógrafos, arqueólogos y morfohistoriadores. Cuando en 1974 era publicada en Madrid la famosa recopilación Estudios sobre centuriaciones romanas en España, recordamos que la empresa fue llevada a término por geógrafos. En esta época, el estudio de las formas agrarias sólo podía llevarse a cabo por los geógrafos "rurales” y no por historiadores o arqueólogos, presa de sus respectivas fuentes. Más tarde el estudio de las formas sería pretendido, léase recuperado, después contestado y rechazado por la arqueología. Se han realizado ensayos para definir una arqueología de los paisajes, que han chocado con la irreductibilidad de las escalas. Ricardo González Villaescusa ha podido comprobar, por sus experiencias de colaboración entre arqueología y morfología, en el País Valenciano como en Francia meridional o Marruecos, la dificultad que entrañaba el diálogo entre ambas disciplinas, la fuerte incomprensión y los limitados puntos de contacto. Pero ha contribuido a hacer tomar consciencia de que el análisis de las formas históricas es asunto de especialistas y que no podía ser incorporado por la arqueología sin precaución.

    Hoy, yo definiría a Ricardo González Villaescusa como uno de los morfohistoriadores más sólidos por su preocupación constante por ligar una forma agraria a la sociedad que la produjo; y de los investigadores más abiertos por su resistencia a ser víctima del periodo histórico que es su especialidad de origen (la antigüedad). Aunque yo he roto algunas lanzas contra los procedimientos rutinarios de la práctica morfohistórica, reconozco hoy con agrado que él ha sido uno de los que han demostrado la posibilidad de la refundación de esta práctica sobre bases rigurosas.

    Este último aspecto me parece fundamental y me conduce a formular un matiz a una idea importante; matiz que, por otra parte, es en beneficio del autor. Ricardo escribe en el último capítulo que es necesario pasar por una fase transitoria de producción de hipótesis morfológicas, que no pueden ser confirmadas en lo inmediato; situándose así en la idea de que una organización de las formas, leída en un mapa o fotografía aérea puede, y debe, ser controlada sobre el terreno mediante la arqueología.

    Su participación como morfohistoriador en proyectos arqueológicos nos ha hecho poner en duda dicha afirmación. El plano morfológico es a menudo independiente del plano arqueológico, y esto se plasma en diferentes niveles. Sabemos muy bien que si nos dedicamos a excavar cunetas, campos o un hábitat inscritos en una centuriación de la que sabemos que nace de una u otra iniciativa política, la excavación podrá producir perfectamente un resultado desfasado (por ejemplo de uno o dos siglos posteriores), sin que, no obstante, se pueda decir que la excavación condena la hipótesis morfológica: nada impide a un agricultor excavar y orientar una cuneta, o construir su casa, teniendo en cuenta una forma agraria preexistente, que es mucho más antigua. Incluso, ¿no encontrar en la excavación la huella de un eje teórico de la retícula centuriada condena la reconstrucción, o bien esto significa, simplemente, que el eje no fue construido en este lugar preciso? A este tipo de situaciones nos enfrentamos en las excavaciones ocasionadas por los trabajos morfológicos y arqueológicos del TGV Mediterráneo en los que participó el autor. Y esta experiencia sirvió para tomar nota de una discontinuidad frecuente entre los respectivos planos del análisis morfológico y de la excavación arqueológica. 

    Ricardo González Villaescusa ha encontrado serios motivos para retornar al ámbito de las formas agrarias, tal y como demostró su artículo sobre los límites jurídico-administrativos de la ciudad de Nîmes (Fiches, González Villaescusa 1997), donde las formas invocadas en la argumentación no podrán ser validadas nunca por la arqueología de campo.

    Este libro es también un testimonio de su colaboración con el equipo de arqueología agraria de Miquel Barceló, en uno de los momentos más interesantes de su recorrido científico, en el que me gustaría insistir por la trascendencia de esta colaboración.

    A principios de los 90, Miquel Barceló criticaba las tradiciones académicas españolas, marcadas por la obsesiva búsqueda de las centuriaciones romanas. Al mismo tiempo, planteaba las bases de una arqueología de los paisajes medievales que consistiría en algo bien distinto de las prospecciones arqueológicas. Se lamentaba, ciertamente, de que la arqueología del paisaje no fuera otra cosa que la arqueología extensiva, la de las recogidas de fragmentos cerámicos y de las simples distribuciones sobre un mapa de estos materiales, y no un estudio de los espacios de trabajo de las sociedades rurales medievales.

    Esta propuesta se formulaba por una crítica que suscribo plenamente y que consistía en afirmar cómo los historiadores y los arqueólogos en la retórica del ir y venir del "territorio" al "poblamiento" y viceversa, acaban «perdiendo a los campesinos, a la gente, por el transitado camino de ida y vuelta, colocando, en el mejor de los casos, fetiches administrativos en el centro vacío de su investigación» (Barceló 1995, 69).

    La cuestión implícita que se planteaba con la pretensión de una colaboración de un morfohistoriador con este equipo de arqueología agraria, era el de la naturaleza de los resultados que el análisis morfológico era susceptible de aportar a esta problemática. Supongo que Miquel Barceló, con la causticidad que le conocemos, debía preguntarse si la morfología iba a producir, como a menudo, resultados dogmáticos, o si era posible algo bien distinto.

    Ahora bien, la principal aportación de Ricardo González Villaescusa ha sido hacer surgir las creaciones parcelarias medievales, en la gama de sus formas originales, y demostrar así que toda una faceta de la investigación está por crear. Lo ha hecho en el marco de las villanuevas de colonización, pero también en el estudio de los parcelarios de regadío, incluidos los de gran tamaño como los ejemplos de las grandes huertas de Valencia y Murcia.

    Varios capítulos de este libro dan cuenta de esos resultados. No es cierto que sean los resultados esperados por los arqueólogos medievalistas, pues desplaza el habitual objeto e interés de éstos. Es precisamente sobre este aspecto donde se hace necesaria una observación. No puede prejuzgarse los resultados del análisis morfológico de los espacios medievales, máxime en la medida en que nada, hasta ahora, había sido realizado. Incluso, más precisamente, no puede prejuzgarse la escala a la que los resultados surgen: la escala microlocal no es siempre la mejor ni la única.

    No debe generalizarse esta enseñanza. ¿Es obligatoriamente en el marco de una microarqueología (empleo el término en el sentido en que hablamos de microhistoria), o en el de la arqueología extensiva de los openfields, como los arqueólogos ingleses nos han invitado a hacerlo, donde podrán hacer los descubrimientos morfológicos más significativos? La demostración se hace patente en este libro: conviene dejar al morfólogo una auténtica libertad de investigación; salvo que pretendamos decirle lo que tiene que encontrar, lo cual sería volver al dogmatismo y caer en errores en los que los directores de investigaciones y enseñantes caen a menudo.

    El trabajo de Ricardo González Villaescusa reclama nuevos desarrollos en el dominio de la morfología dinámica. ¿Quién mejor que él podrá estudiar junto a las planificaciones antiguas y medievales, estos paisajes de la experiencia que son la esencia de las formas agrarias y urbanas? Su capacidad de modelización y su soltura para desenvolverse entre documentos planimétricos son los mejores garantes de esta evolución. Sería de gran utilidad que pudiera formar a jóvenes investigadores en estos métodos y que animara un grupo de morfología dinámica sobre los paisajes urbanos y rurales españoles.

    Referencias bibliográficas del Prefacio

    BARCELÓ, M. 1995: "Crear, disciplinar y dirigir el desorden. La renta feudal y el control del proceso de trabajo campesino: Una pro¬puesta sobre su articulación", Taller d'Història, 6, 61-72.
    FICHES, J. L., GONZÁLEZ VILLAESCUSA, R., 1997: “Analyse morphologique et limites de perticae. Le cadastre A d'Orange et le territoire de la cité de Nîmes”, Les formes des paysages. Tome 3 L’analyse des systèmes spatiaux, G. Chouquer (dir.), París, 127-134.



    Reseña de J.L. Fiches en Ager, Bulletin de liason nº12, 2002, 26-27
    Ce recueil préfacé par Gérard Chouquer réunit 17 textes (en partie inédits ou sous presse) que Ricardo González Villaescusa a écrits entre 1995 et 2000 et qui illustrent la place que ce chercheur – à l’origine spécialiste d’archéologie funéraire – a prise dans les débats autour des paysages et de leur étude. Maîtrisant l’analyse des formes agraires dans une perspective historique, il a surtout montré –et c’est l’essentiel de l’ouvrage– la place des créations parcellaires médiévales liées aux villes neuves de colonisation dans les régions de Valencia et de Murcia et étudié la relation entre parcellaires et irrigation en Espagne et au Maroc. Mais il a été aussi conduit à intervenir dans des projets archéologiques comme le TGV-Méditerranée, ce qui explique que ce volume traite, pour une petite part, des campagnes de Gaule. C’est, en effet, à l’occasion d’un séjour à Tours et avec le soutien du Centre de Recherches Archéologiques du CNRS et du Service régional de l’archéologie de Languedoc-Roussillon qu’il a approfondi le travail d’analyse de photographies aériennes et de cadastres napoléoniens entrepris pour le TGV dans la zone des Costières de Nîmes. Ainsi, le chapitre 3 (p. 85-172), auquel Gérard Chouquer a collaboré, correspond à un rapport inédit, préparé entre 1995 et 1997 sous le titre original Le rôle de la création parcellaire dans la dynamique des paysages. Secteur nîmois

    Ce chapitre, illustré de 25 figures de photo- ou carto-interprétation, comporte une présentation des unités géographiques de la région étudiée, qui se situe au sud-est de Nîmes entre les basses vallées du Gardon et du Vistre. C’est une région où l’on a reconnu depuis longtemps des traces de centuriations mais qui n’avait jamais fait l’objet d’une analyse approfondie et systématique des parcellaires. C’est ce travail qu’a réalisé R. González Villaescusa en relevant les limites actuelles et les traces fossiles pouvant se rapporter aux réseaux de Nîmes et à l’Orange A, en portant une attention particulière aux zones de contact entre ces systèmes et en montrant la construction en diagonale des centuriations Orange A et Nîmes A. Il confirme que le réseau Nîmes C n’est pas une centuriation classique mais un "système cohérent" dont les éléments s’organisent de manière moins rigoureuse. Il discute d’ailleurs (p. 141-146) de la morphogenèse de tels systèmes que G. Chouquer avait mis en évidence et dont F. Favory avait critiqué la qualification d’"indigènes" Il revient d’ailleurs à RGV d’avoir identifié un autre de ces systèmes cohérents, celui dit de la Vistrenque, qui se développe autour du fleuve et se caractérise surtout dans le parcellaire fossile, ce qui peut être un signe de son ancienneté.

    RGV appuie ses observations sur les résultats d’interventions archéologiques faites à l’occasion du TGV ou du gazoduc "Artère du Midi". Il analyse les relations entre les parcellaires et l’aqueduc de Nîmes et met en évidence un certain nombre de tronçons routiers anciens, considérant l’un d’eux (qui constitue un axe fort du système de la Vistrenque) comme la strata publica désignée dans une charte du VIIe s. reprise dans un texte carolingien.

    Son étude, qui s’emploie aussi à caractériser les parcellaires médiévaux et modernes, montre que le système Orange-Nîmes, inventé par A. Perez et M. Assénat, n’apparaît autour de Nîmes que dans le parcellaire de Marguerittes où il présente des caractères typiquement médiévaux. RGV avance également l’hypothèse que la centuriation Nîmes B aurait pu être revitalisée, en piémont de garrigue notamment, durant le Moyen Âge, période qui pourrait ainsi s’avérer particulièrement importante dans la genèse des parcellaires des Costières.

    Dans l’esprit de RGV, ce texte était un rapport d’étape, un état des lieux nécessaire avant d’approfondir des recherches qu’il n’a pas eu la possibilité de poursuivre. C’est, en tout cas, une analyse incontournable non seulement pour ceux qui s’intéressent aux campagnes nimoises ou aux centuriations, mais pour tous ceux qui conduisent une réflexion sur les matériaux de l'histoire des paysages; ils trouveront dans les autres chapitres de l’ouvrage une matière riche et très bien analysée.

    martes, 4 de mayo de 2010

    AÑOS INTERESANTES. UNA VIDA EN EL SIGLO XX

    Ricardo González Villaescusa

    Reseña del libro del mismo título, aparecida en Apuntes de Ciencia y Tecnología nº 11, junio 2004, pp. 52-54

    En poco más de 400 páginas “el historiador vivo más conocido del mundo” pasa revista a los hechos históricos y corrientes historiográficas de la historia del siglo XX. Es difícil combinar en el oficio de historiador esas dotes de investigador de primera línea al tiempo que la capacidad de divulgar, con ese lenguaje sencillo que cuando uno lo lee piensa, absurdamente, aquello de “por qué no lo habré pensado yo antes”; aptitud pedagógica que sentencia el historiador con la siguiente frase de la página 261: “Los historiadores no deberían escribir exclusivamente para sus colegas”. La lectura se hace, pues, engañosamente simple y resulta difícil entender que tras ese lenguaje embriagador late una reflexión profunda sobre los ochenta y cinco años que transcurren entre el histórico año de 1917, fecha de nacimiento de Hobsbawn, y 2002, año de la edición original inglesa.

    La historia es la más exacta de las ciencias por su inexactitud manifiesta y por la asunción de esta afirmación por quienes nos dedicamos a ese trabajo. Precisamente, E. J. Hobsbawn advierte al lector de que no se trata de una historia del siglo XX (ya realizada) ni unas memorias personales, sino de una mirada al pasado de alguien que ha hecho de esa mirada su oficio; se trata de repasar el siglo con la reflexión subjetiva de alguien que lo ha vivido plenamente desde un compromiso ético y un posicionamiento político concretos, el partido comunista. De paso, su reflexión es también una reflexión sobre la construcción de su obra y acepta sin ambages lo que acontece a la mayoría de los investigadores que realizaron una elección de los objetos de estudio “de forma intuitiva y accidental, pero que acaban siendo unidos en un todo coherente”. La perspectiva histórica consiste en que el pasado es otro país pero que ha dejado una huella indeleble en los que una vez vivieron en él, por lo que el historiador que escribe una autobiografía no sólo debe volver al pasado sino que debe confeccionar su propio mapa que le ayude a reconstruir paisajes, escenarios y vivencias que arrojan luz, no sólo sobre la propia vida sino sobre el mundo en general.

    A partir de ese temprano momento del libro el historiador de oficio se siente relajado a pesar de la talla del autor por lo poco que le va a exigir su lectura, dejándose seducir por el discurso de Hobsbawn, frío por momentos ante hechos históricos vividos por un “judío no judío”, como el ascenso al poder de Hitler, y tan entrañable al ser confeso de haber vivido el siglo XX sin haberse puesto jamás unos pantalones vaqueros. Tratándose de un libro de memorias de un historiador “en el siglo XX”, la atención del lector se dirigirá fácilmente hacia aquellos capítulos de su propia historia vivida, de lectura más ágil por conocida en primera persona. Mientras que se desvelan raíces fundamentales para la comprensión de la actualidad en los acontecimientos más alejados por edad, precisamente ocurridos en momentos previos a nuestra propia existencia, o por edad. Es el caso, por ejemplo, del descubrimiento, para quien suscribe, de que el sionismo de los años 20 iba de la mano de ideas moderadas o socialistas, con la excepción de los discípulos de Vladimir Jabotinsky “que se inspiraron en Mussolini y actualmente gobiernan Israel bajo el nombre del partido Likud”.

    Es probable que algunas de las afirmaciones autocríticas consigo mismo y con la opción política elegida, no sólo de vivencias y decisiones personales sino también de carácter historiográfico, ayuden también a bajar la guardia y admirar aun más al viejo historiador. Irónico, por momentos, cuando relata su paso por el rito de iniciación para todo intelectual típico del siglo XX que se preciara, en su intento “fugaz de leer y entender El capital de Karl Marx, empezando por la primera página”. Duro y clarividente, con la calificación de “rayana en la demencia política” de la tesis marcada por la Internacional Comunista a finales de los años 20 y principios de los 30, que sería seguida por los partidos comunistas (incluido partido, el KPD, y el propio historiador en su adolescencia) de que el principal obstáculo a la radicalización de los trabajadores bajo el liderazgo de los comunistas era la socialdemocracia y que, por tanto, ésta era un peligro mayor que el de la ascensión de Adolfo Hitler en la decadente República de Weimar. Cabría añadir la afirmación de otro historiador español, Santos Juliá, cuando afirma que unos, comunistas, y otros, socialistas, se dieron cuenta del error cuando se encontraron juntos en el interior de los campos de exterminio nazis. Algunos “acusarán”  y reprocharán la evolución política del autor de “socialdemócrata”, es posible…; otros de “viejo”, cuando, páginas más tarde, enlaza la idea anterior con la de que los partidos emergentes en la Alemania pre-nazi, el comunista y el nazi eran partidos de jóvenes que pretendían un cambio definitivo, rechazando a todos aquellos que entendían la política como “el arte de lo posible” y englobando en un mismo lote a nazis y socialistas. Sin embargo, reconforta apreciar en tales afirmaciones la visión retrospectiva del historiador comprometido, bien lejos de una simple evolución interesada a estas alturas, unida a  las profundas críticas al “neolaborista” Blair en numerosas ocasiones a lo largo de la obra.

    El historiador de los movimientos sociales se detiene especialmente en el romanticismo del movimiento de 1968 y he de reconocer que es uno de esos momentos que uno “se” lee a sí mismo o, mejor, quisiera haberse leído a sí mismo. En los últimos años, mi convivencia con algunos de los “últimos hippies” como compañeros de departamento o mis debates historiográficos o políticos con algunos de los manifestantes activos de aquellas fechas me han llevado a la conclusión de que aquella gente no formaba parte de eso que se llama “izquierda”, aunque, claro, lo decía con la boca muy pequeña. Hoy, gracias a la lectura de Hobsbawn, puedo decirlo con argumentos. Porque Mayo del 68 y la izquierda “empleaban el mismo vocabulario aunque no hablaban el mismo idioma”. Para el 68 lo principal no era acabar con el capitalismo, ni tan siquiera con algunos regímenes opresivos o corruptos, sino “la destrucción de los modelos tradicionales de las relaciones existentes entre las personas y el comportamiento del individuo en el seno de la sociedad establecida”. Para alguien como Hobsbawn que ha dedicado su vida profesional a definir procesos revolucionarios, el contexto de 1968 no era revolucionario en ningún sentido objetivo. El autor, por aquel entonces “un rojo de mediana edad”, no compartía el optimismo generalizado aunque se viera rodeado por las luchas globales de los años 60, pero reconoce que en aquel momento nadie se percató de que los neoterroristas armados que surgieron en aquel momento fueron influenciados por la contracultura y gozaron de la simpatía incondicional de toda la izquierda: “El viejo instinto que nos impulsaba a ponernos al lado de cualquier tipo de insurrección o guerrilla que hablara el lenguaje de la izquierda, por estúpido o absurdo que fuera, no se dio por vencido.” En el lote caen todos los movimientos armados del momento, salvo el IRA Provisional, escindido del viejo IRA (Oficial) porque se había vuelto de izquierdas, en una “época en que incluso los ultras de los nacionalismos etnolingüísticas, como la primera ETA vasca, se presentaban ante el mundo bajo la vestimenta de la revolución internacional.”

    Concluye el capítulo con una comparación histórica al recordar que lo que realmente transformó el mundo occidental fue la revolución cultural de los sesenta, cuando en un año mucho menos significativo en lo político, 1965, la moda francesa produjo más pantalones de mujer que faldas o, fue el año en que se extendió la proliferación de los vaqueros entre los estudiantes; de igual manera que la adopción de la gorra de visera por parte de los obreros de la industria británica entre 1880 y 1905, como signo de identificación de la clase obrera.

    En lo historiográfico destaca el capítulo 17, Entre los historiadores, que comienza con una afirmación que recuerda la función social de los historiadores y de la historia: “Lo que dicen los textos escolares y los discursos de los políticos acerca del pasado, el material que utilizan los autores de ficción, fabricantes de programas y videos televisivos, todo procede en último término de los historiadores (…) Comprender la historia es importante tanto para los ciudadanos de a pie como para los expertos.” De hecho, en su visita a Madrid para presentar este libro hizo las siguientes declaraciones: "Estamos viviendo una época en que la historia tiene un papel en el discurso político, mucho más importante que antes. Pensemos, por ejemplo, en los preparativos de la Guerra de Irak, de tantos discursos sobre el paralelismo con la situación de los años 1930. Eran una absoluta locura, una tontería total, pero fueron utilizados repetidamente por los políticos que querían justificar la agresión contra Irak”.

    En el repaso a la historiografía del siglo XX ubica dos corrientes como principales exponentes de la rebelión también en lo historiográfico: de un lado el materialismo histórico, el marxismo, y, de otro, la escuela francesa de Annales, que fomentaba un “pensamiento original” del pasado. Ambas, a pesar del ambiente de la Guerra Fría y de las diferencias ideológicas patentes, tomaban un mismo camino y luchaban contra los mismos adversarios: 1) El positivismo imperante o la funesta creencia imperante aun hoy en día entre muchos historiadores (con notable incidencia entre los arqueólogos) de que, si se toman los “hechos” correctamente, las conclusiones saldrán por sí solas. 2) La querencia por la historia de las clases dirigentes y las élites. Y 3) la historia “evenémentielle”, la historia del acontecimiento, la historia de la batalla y el momento histórico. Todo ello se puso de manifiesto en el Primer Congreso Internacional de las Ciencias históricas (París, 1950), al que vemos asistir a un único español, J. Vicens Vives, que crearía escuela en la nueva hornada de historiadores que hoy están jubilados o próximos a la jubilación, y que fundaría la editorial de libros de texto de mayor profusión en los institutos de secundaria en lo que a la materia de historia se refiere.

    En ese contexto narra las andaduras de la revista Past & Present surgida en 1952 de los debates de la Agrupación de Historiadores del Partido Comunista, donde todos los “renovadores” de la historiografía encontraron cobijo; perdiendo, junto a Annales, influencia a partir de 1968 bajo el paso inexorable de la rebelión, también historiográfica, de la “nueva izquierda histórica” ejemplificada en el movimiento británico de la History Workshop o Taller de Historia donde, precisamente, surgió la idea, tan actual, de la historia de género con la propuesta del primer Congreso por la Liberación de la Mujer en Gran Bretaña. Para Hobsbawn aquél movimiento agrupaba a gente que entendía la historia no como una forma de interpretar el mundo, sino un medio de autodescubrimiento colectivo o, a lo sumo, de obtener un reconocimiento colectivo. Lo que le conduce a postular un momento peligroso en la actualidad en que la historia está siendo inventada, hoy más que nunca, por personas que no desean alcanzar el verdadero pasado, sino reinventar aquél que mejor se acomoda a sus objetivos. Por ello “La defensa de la historia por sus profesionales es, en la actualidad, más urgente en la política que nunca. Nos necesitan”. Para, finalmente, y a pesar de la crítica explícita del marxismo político en los países del “socialismo real”, o quizá, por ello mismo, seguir reivindicando el materialismo histórico como marco explicativo historiográfico y la necesaria llamada de atención a los jóvenes historiadores hacia la interpretación materialista de la historia, a pesar de que las actuales modas académicas de izquierdas la descalifiquen de propaganda totalitaria como lo hicieron durante la Guerra Fría.

    Ineludibles, pues, estas memorias para el especialista, el profesional o el simple curioso de un testigo de excepción que ha conocido a personajes como el Che, Italo Calvino, o Pierre Bourdieu, y que no se resigna a que el mundo mejore por sí solo.